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El MVP es un experimento, no una chapuza

Una de las críticas que tiene la idea de producto mínimo viable (MVP por sus siglas en inglés) es que hacer algo aprisa y corriendo, sin calidad, no permite comprobar si la idea de negocio es viable, porque muchos clientes potenciales que saldrán espantados de la experiencia podrían haber comprado un producto terminado.

En realidad, esto parte de una falsa idea acerca de lo que es el MVP: supone ignorar la “V” de “viable”. Si lo que estamos proponiendo al cliente potencial es una chapuza, está claro que puede ser un producto mínimo, pero no es viable. Con lo cual la pregunta podría ser ¿cómo de mínimo y de viable debe ser un MVP?

Si fuera gallego diría que depende. Pero como no lo soy, vamos a analizarlo desde el principio.

El objetivo de crear un MVP es hacer un experimento. La aproximación lean startup a la creación de empresas o líneas de negocio parte de una aproximación científica: no se trata de tener ideas geniales, sino de proponer hipótesis, realizar una serie de experimentos al menor coste posible que permitan verificarlas o descartarlas, y refinar estas hipótesis hasta que encontremos una idea de negocio rentable.

Vamos a verlo con un ejemplo. Supongamos que creo que hay mercado para un sitio de citas por Internet para aficionados a la filatelia. Yo creo que los filatélicos están interesados sobre todo en conocer a personas que compartan su afición y (esto es importante) que están dispuestos a pagar por un servicio que les facilite estos contactos. En realidad, hay tres hipótesis aquí:

  1. Que a los aficionados a la filatelia les importa tanto esta actividad que es determinante en su vida amorosa.
  2. Que los filatélicos necesitan un servicio que les ayude a conocer a parejas potenciales que compartan su afición (y que no cubren ya esta necesidad satisfactoriamente, por ejemplo en foros de internet o ferias presenciales).
  3. Que existiendo esa necesidad, están dispuestos a pagar una cantidad por el servicio.

La aproximación tradicional sería desarrollar el sitio web, contratar una campaña de publicidad en los medios del sector y esperar a que lleguen los clientes y que los pagos superen a nuestros costes. Si sale bien, hemos triunfado. Si sale mal, hemos perdido el dinero, y nos podemos dedicar a otra cosa. La aproximación lean mal entendida es hacer una chapuza de web por poco dinero, llamarla “producto mínimo viable” y cruzar los dedos para ver si la cosa “tira o no tira”.

La aproximación lean startup correcta es crear un MVP para verificar nuestras hipótesis. Por ejemplo, para verificar la hipótesis 1, podemos comprobar con las herramientas de AdWords qué volumen de búsquedas tienen términos como “pareja filatelia”, “novio filatélico”, etc. Si analizando estos datos vemos que apenas hay búsquedas es sencillamente porque no hay un gran interés en ello, con lo que podemos dar por invalidada la hipótesis 1, y por tanto nuestra idea de negocio. Con este paso nos hemos ahorrado incluso construir un MVP.

Pero supongamos que hay un volumen significativo de búsquedas, y que decidimos verificar la hipótesis 2 (existe una demanda de un servicio de citas para filatélicos).

Aquí podemos empezar a construir un MVP. ¿Cómo de mínimo? Una práctica cada vez más habitual es construir una landing page en la que explicamos nuestro servicio, decimos que está en construcción y estará listo próximamente y pedimos una dirección de correo electrónico a la persona interesada para avisarle en cuanto el servicio esté funcionando. Esto nos permite verificar la segunda hipótesis: si de cada 100 visitas, 30 dejan su email, es que realmente existe una necesidad por cubrir. Si la tasa de emails por cada 100 visitas es ínfima, entonces nuestra hipótesis no se ha comprobado y no hay negocio.

Alguien podrá decir que esto no es un MVP, porque ni siquiera es un “P”, un producto. Pero para nuestros propósitos (comprobar si hay agua en la piscina antes de tirarnos de cabeza) este experimento cumple con nuestras necesidades. Y una buena landing page, con un diseño y unos textos trabajados, puede conseguirse en muy pocos días y por muy poco dinero. Una página web de citas, aunque sea una chapuza, requiere semanas de trabajo y/o cientos de euros.

Si verificamos la hipótesis 2, podemos pasar a verificar la 3 (que siendo conscientes de su necesidad y apreciando la capacidad de nuestro servicio para cubrirla, están dispuestos a pagar por ello). Una posibilidad es incluir el precio en la landing page y ver cómo influye en el número de emails recogidos por cada 100 visitas. Otra posibilidad, ahora sí, es construir una primera versión de la web y poner un precio para que los usuarios puedan darse de alta.

Lo que no es trivial aquí es determinar qué debe incluir esa primera versión para ser el producto mínimo viable ¿debe permitir incluir fotos de los usuarios? ¿deben poder organizar citas en la plataforma? ¿hay que incluir un sistema de mensajería interno o basta con que cada uno publique su cuenta de Twitter? En cualquier caso, la respuesta a estas preguntas no puede ser “lo que se me ocurra”, sino que cada una de ellas debe responder a otras nuevas hipótesis acerca de lo que los usuarios pueden valorar en un servicio como el que estamos creando.

En resumen, que el MVP no es una chapuza para ahorrar trabajo e inversión. Es una aproximación científica, rigurosa e iterativa en la que vamos descubriendo hechos sobre los que construir nuestro modelo de negocio. Que permite acompasar el gasto al ritmo al que vamos descubriendo cosas, en lugar de gastar sin sentido al principio o gastar en funcionalidades que el cliente no aprecia, pero que no nos va a evitar dedicar los recursos necesarios para crear un producto o servicio por el que nuestro cliente esté dispuesto a pagar.

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